Qué hay detrás de un «uréter torcido»: las anomalías que pueden poner en riesgo al riñón
El testimonio de Hakata Daikichi permite explicar las anomalías del uréter, sus síntomas y tratamientos, y cuándo una obstrucción puede comprometer al riñón.

El humorista japonés Hakata Daikichi relató que durante su juventud sufrió dolores que persistían pese a los tratamientos por cálculos urinarios. Una exploración más detallada permitió descubrir que tenía un uréter «torcido de nacimiento». Según la información publicada por Daily Sports el 29 de marzo de 2017, tenía unos 24 años cuando se detectó el problema, que fue corregido mediante cirugía.

La noticia permite aclarar que se trataba de una intervención de juventud. Sin embargo, no proporciona el nombre médico de la anomalía ni describe la operación. También recoge que, según Daikichi, su médico lo consideró el cuarto caso en Japón. Esa afirmación forma parte de su relato: sin conocer el diagnóstico y su documentación clínica, no puede utilizarse como una estadística sobre la enfermedad.
Hablar de un «uréter curvo» o «torcido» resulta comprensible en una conversación, pero no permite identificar por sí solo una enfermedad. Para entender qué puede ocurrir, hay que conocer la anatomía y, sobre todo, comprobar si la orina circula adecuadamente.
Los uréteres son los conductos que transportan la orina desde los riñones hasta la vejiga. Son distintos de la uretra, por donde sale al exterior. Cuando existe una dificultad de drenaje, puede dilatarse la pelvis renal, la cavidad donde se recoge la orina dentro del riñón. Esa dilatación se denomina hidronefrosis y puede afectar a uno o ambos riñones. Es un hallazgo que exige investigar la causa; no identifica automáticamente una malformación concreta.
Una de las alteraciones conocidas es la obstrucción de la unión pieloureteral: el problema aparece donde la pelvis renal se conecta con el uréter. Según la Academia Estadounidense de Pediatría, en los bebés suele relacionarse con un estrechamiento de esa unión. En niños mayores y adolescentes también puede intervenir un vaso sanguíneo que cruza el conducto y dificulta el paso de la orina.
Puede descubrirse durante una ecografía prenatal o investigarse después de una infección urinaria. Entre sus manifestaciones figuran dolor abdominal, molestias en el costado o la espalda, náuseas y vómitos. La intensidad de los síntomas no sustituye la evaluación del funcionamiento del riñón.
Otra situación es el megauréter, que significa uréter dilatado. La Universidad de California en San Francisco subraya que también es una descripción, no un diagnóstico completo. Puede deberse a una obstrucción cerca de la vejiga, al reflujo de orina hacia el uréter o presentarse sin ninguna de esas dos condiciones. Existen, además, casos con obstrucción y reflujo simultáneos.
Esta distinción cambia el tratamiento. Un conducto ensanchado no obliga siempre a operar: algunos casos infantiles mejoran con el crecimiento. Otros necesitan intervención si aparecen infecciones repetidas o disminuye la función renal. Por ello, agruparlos bajo una expresión como «uréter deformado» puede ocultar diferencias decisivas.
También existe una anomalía infrecuente llamada uréter retrocavo, en la que parte del conducto pasa por detrás de la vena cava inferior. Ese recorrido puede dificultar el drenaje. No hay evidencia en las noticias consultadas para afirmar que esta fuera la alteración de Daikichi.
Un equipo del Hospital General de Isahaya, en Nagasaki, publicó en 2024 en IJU Case Reports una reconstrucción robótica de un uréter retrocavo. La intervención consistió en seccionar el conducto, trasladarlo por delante de la vena y volver a unirlo. El caso muestra una posibilidad terapéutica, pero sus autores reconocieron límites importantes: estudiaron una sola paciente y el seguimiento fue corto. No permite prometer el mismo resultado a todos los afectados.
Las causas, por tanto, dependen de la anomalía. En la obstrucción pieloureteral pueden intervenir factores del desarrollo de la propia unión y factores externos. No hay una causa única que explique todas las alteraciones descritas coloquialmente como curvas o torsiones.
Tampoco existe una prueba aislada que resuelva todos los casos. Las guías de la Asociación Europea de Urología recomiendan combinar la evolución clínica con estudios de imagen y de función renal. La ecografía permite observar la dilatación; el renograma diurético ayuda a valorar el drenaje y la contribución de cada riñón. En determinadas circunstancias se utilizan otras exploraciones. La decisión depende del conjunto de resultados.
Las consecuencias pueden ir desde una dilatación transitoria hasta un deterioro renal. El Instituto Nacional de la Diabetes y las Enfermedades Digestivas y Renales de Estados Unidos, conocido como NIDDK, advierte que la hidronefrosis infantil puede asociarse con infecciones urinarias, cálculos y enfermedad renal crónica. Sin embargo, muchos casos leves mejoran espontáneamente.
Para dimensionar el problema, el instituto señala que se diagnostica hidronefrosis fetal en uno o dos de cada cien embarazos y que aproximadamente la mitad de esos casos desaparece antes del nacimiento. Esa cifra corresponde a la hidronefrosis prenatal de distintas causas: no representa la frecuencia mundial de un supuesto «uréter curvo».
Para la obstrucción pieloureteral, las estimaciones tampoco son idénticas: la Academia Estadounidense de Pediatría menciona alrededor de un caso por cada mil niños, mientras que las guías europeas citan uno por cada 1.500. Deben presentarse como estimaciones de esa anomalía específica, no como un censo universal de todas las malformaciones ureterales.
Cuando hace falta operar una unión pieloureteral estrecha, una intervención habitual es la pieloplastia: se elimina la zona problemática y se reconstruye la conexión para facilitar el drenaje. La Universidad de Osaka explica que el objetivo es proteger la función renal y prevenir infecciones, dolor o sangre en la orina.
La cirugía puede realizarse mediante diferentes abordajes, incluidos procedimientos laparoscópicos y asistidos por robot. La elección depende de la anatomía, el tamaño del paciente y su situación clínica. Puede colocarse temporalmente un catéter interno entre el riñón y la vejiga para facilitar el drenaje durante la recuperación.
No existe una tasa de mortalidad aplicable al término «uréter curvo». El riesgo depende de la obstrucción, del daño renal y de las complicaciones. Una infección renal puede producir, en casos graves, cicatrices, insuficiencia renal o sepsis. Esta última es una respuesta extrema a una infección que puede causar fallo de órganos y muerte sin tratamiento rápido, según MedlinePlus, de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.
La combinación de obstrucción e infección merece especial atención. Las guías europeas sobre cálculos consideran una urgencia urológica el riñón obstruido con signos de infección o ausencia de producción de orina. Puede requerir antibióticos y drenaje urgente mediante un catéter ureteral o una nefrostomía, un tubo que permite evacuar la orina desde el riñón.
Fiebre acompañada de dolor en el costado, especialmente ante una obstrucción conocida, exige valoración rápida. El propósito de estudiar estas anomalías y mantener su seguimiento es detectar cuándo una diferencia anatómica está comprometiendo el drenaje y actuar antes de que el daño avance.